Un mes esperando el abrazo que nunca llegó

Dicen que los embarazos duran nueve meses porque nueve son las lunas que se precisan para cargar de suficiente luz lunar un cuerpo humano para que funcione como es debido... éste fue solo un mes, un mes a la vez largo, a la vez corto, de acuerdo al punto de vista del observador. El trabajo andaba bien, fluía, no hubo inconvenientes mayores (me quedé sin grampas un día, subieron el precio de las resmas y tuve que sacar más efectivo...). Fue un lunes, por la tarde, él andaba de ojotas, el calor azotaba las calles, nos encontramos sin querer, por alguna de esas ideas de los dioses, nos sentamos en un café entre sonrisas. Nos pusimos al corriente bastante rápido y el resto fue hablar de nuestros proyectos, yo tenía un muñeco que no había podido terminar a pesar de haber tenido tiempo y no pudimos encontrar la razón alguna para tal descuido, él pensaba irse de viaje, sin fijar fecha de regreso. Creo que no vimos casi a otros amigos esos días, fue como un pequeño contrato de exclusividad. Pero algo no cerraba, debo aclarar. Él, aunque cercano, era distante, podía verlo en sus ojos, en sus movimientos, llegó un punto en el que era tan evidente para mi que ya no sabía qué decirle, me sentí sola en su compañía y recordé aquellos versos: "Solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo"*. Desde el principio me pareció raro que no nos abrazáramos ese día que nos vimos después de tanto tiempo y ningún otro día de los que siguieron, era nuestro ritual digamos. Un mes esperando el abrazo que nunca llegó, él nunca llegó, y así como nunca llegó, nunca se fue.

*Frase de Robin Williams

(dedicado e inspirado por Diana Faiad)